7.07.2010

NO TE VAYAS

¡No te vayas! –grité con fuerza cuando me di cuenta que no estaba sola en aquel baño, y es que como siempre y después de tantos años, la había reconocido por su silencio.

No sabía si me haría caso, es más, ni siquiera estaba segura de si era en verdad ella o si solo era el viento que entraba dando pequeños pasos saltarines porque olvidé cerrar la puerta. Hubiera o no acertado, la curiosidad y la excitación de verla otra vez me hicieron pararme del inodoro aun helado y subirme el pantalón como mejor pude, tomando en cuenta que mi cuerpo se moría por salir a aquel esperado encuentro y que mis manos, inutilizadas por los guantes, aun temblaban de frío.

Cogí mi cartera con los dientes, lo recuerdo bien porque después de verla esta cayó al piso por culpa de mi boca sorprendida, haciendo un ruido ensordecedor por el eco de aquel tan grande baño vacío.
No había llegado aun a la parte donde estaban los caños cuando la vi ahí parada reflejada en un espejo, mirando hacia el piso, esperándome. Hubo una explosión adentro mío instantes después de ver su reflejo y ya luego nada volvió a ser como antes.

Sentí entonces un escalofrío tan intenso que solo mis ojos se animaron a moverse. Mi mirada la recorrió varias veces de pies a cabeza sin querer creer lo que veían: Sus botas rotas. Llevaba pegados pantalones de lana. Un vestido tan gris, tan triste, que casi me dolió verlo. Su pelo desgreñado tapaba su rostro pero un lunar en su mentón me ayudó a no dudar de su identidad. Un abrigo verde oscuro, casi tan verde oscuro como sus ojos, los que yo recordaba tan a menudo. Sus manos estaban cubiertas con unos guantes de lana que dejaban ver sus uñas negras acostadas en esos infinitos dedos que se movían impacientes contra el dispensador de jabón. Supe entonces, al verla así, que ella había venido buscándome y que no era yo quién la había encontrado.

Intenté acercarme a saludarla, intenté despejar su cara para descifrar que le había pasado. Quería ver si aún quedaba algo de ella bajo toda esa suciedad, bajo esa intranquilidad, bajo ese garabato que se presentaba adelante mío. Pero se safó y se alejó con un movimiento hostil y solo respondió a mi saludo moviendo aun más rápido los dedos contra aquel metal y mirándome fijamente a los ojos, aun así su pelo tapara los suyos, yo sé que me miraba directamente y ya me estaba punzando.

Frente a frente nos quedamos paradas sin decir una sola palabra, y el frío quemándome por dentro me hizo pensar que no teníamos tanto tiempo. Pensé que quizás era solo el frío del ambiente el que me hervía las venas, así que con dificultad volteé a ver si había dejado la puerta abierta y en efecto, me contestó que si dejando entrar hojas secas de esos árboles grandes que hay por ahí. Caminé lentamente hacia la puerta para cerrarla, pero probablemente Mariela (así se llamaba ella) no entendió y solo atinó a gritarme fuerte – ¡no te vayas! - Y no me fui.

Yo respiraba con dificultad, y mi respiración era lo único que se escuchaba en ese gran cuarto, hasta que habló por fin cuando volví a estar parada frente a ella. No sé que fue lo que dijo en ese momento, porque no estaba prestándole atención, solo quería hacer una cosa, y sin que pudiera detenerme, llevé mis manos hacia su cara y arrimé el pelo para verla a los ojos.
Ya no eran verdes. Ahora solo se veían dos mundos tristes totalmente negros.
Paró el sonido con los dedos de golpe, se cogió la cintura y movió la cabeza negando y tratando de sonreír. La ironía en su cara me hizo mirar hacia el piso.
-¿Por qué no me lo preguntas? – dijo con una voz ronca que nadie esperaría de una boca tan pequeña y delicada. Yo solo pude levantar los hombros porque sentí tanto miedo que no me atreví a contestar.
-Me sorprende que me reconocieras, sé que he cambiado – dijo sacando su mano de la cadera y llevándola nuevamente hacia la jabonera para continuar dándole ritmo a esa escena. – Fue por tu silencio – dije suavemente mientras ponía mi mano encima de la suya para parar el molesto sonido – fue por tu silencio –repetí – siempre lo he reconocido, siempre esperé que volviera.
Entonces sacó mi mano de un golpe, que sentí como el golpe de un gigante, y mirando hacia el techo me dijo entre dientes –Mi silencio tampoco es el mismo ya.

Notó, creo, que mis labios cada vez se apretaban más y que mi cuerpo ya no estaba solo invadido ese repentino y desconocido frío que hervía cada órgano de mi cuerpo, olió el pánico en mi cuello y me di cuenta que ella sabía que de ahora en adelante solo ella iba a hablar. Se había dado cuenta que yo ya empezaba a entender las cosas y que las cosas ya empezaban a matarme.
– Puedo notar que ya te diste cuenta que he venido a buscarte especialmente a ti, y no fue difícil, con lo emocionante que es tu vida… - agregó mientras se mordía una uña - supe que seguirás en el mismo país, con el mismo trabajo, en el mismo edificio…. Y con los mismos horarios. Pero no esperaba encontrarte en el baño ah… yo vine para arreglarme un poco, tampoco quería asustarte y no supe que estabas aquí hasta que escuché tu voz, a diferencia de ti, hermanita, nunca supe reconocer los silencios de nadie y debes aceptar que es raro encontrarte callada, y también un alivio.

La miré interrogándola y queriendo, casi rogando, que no estuviera aquí por lo que yo sabía que había venido, a decir verdad no lo esperaba, a ella si, pero el motivo, se había ido por completo de mí hasta ese momento.
Busqué en ella una expresión que me calmara, que me hiciera sonreír, como antes siempre lo conseguía, pero no encontré paz por ningún lugar en ella, así que me limité a pensarla en el pasado, en como había sido antes, cuando la dejé de ver. Recordé entonces que Mariela nunca usaba colores tristes porque ella era la alegría para todos. Me acordé que en el funeral de mamá fue la única que no lloró. Me acordé de sus zapatitos de charol, que siempre le compraron o le regalaron cuando niña, incluso cuando cumplió 15 años, siempre los zapatitos delicados, tan finos, tan ella. Y el lazo en el pelo haciéndole juego. Eternamente peinada, tan linda que los rayos del sol la perseguían para reflejar dorados intensos en su cola de caballo. Me acordé de su cara siempre sonriente, porque no era solo la boca la que deleitaba. Eran sus ojos sonriendo, sus cejas alegres, sus pestañas optimistas, su nariz jovial, sus pómulos tranquilizadores, su pequeño mentón con el lunar que ahora parecía lo único que le quedaba de ella.

Cuando vio que empecé a sonreír con aquella imagen mental me cortó de golpe con el ruido que hizo sonándose la nariz con un pañuelo ya muy usado. –Te he venido a contar una historia que pronto tendrá final – dijo mientras mi sonrisa empezaba a morir junto a su recuerdo –hace 15 años decidí irme de la casa, justo esa noche en la que pedirían mi mano ¿lo recuerdas?, cuando salí corriendo de nuestro cuarto sin más ni más diciendo que no aguanta más. Cuando me rogaste con lagrimas en los ojos “no te vayas”.

Era un día tan gris, tan oscuro, tan triste que salí corriendo de la casa para intentar contagiarme un poco, pero lo único que vi ya parada afuera del portón fue que las nubes empezaban a despejarse y el sol me encontraba ganando el juego de las escondidas, una vez más.

Caminé durante días en línea recta esperando encontrarme con una pared que detuviera mi caminó, pero como supuse, mi suerte siguió sonriéndome, e intentando alejarla de mí, solo seguí caminando. Pero nada nunca se me interpuso.
A la semana paré por que viendo a lo lejos noté que no iba a ningún lado, desde la casa, hasta aquel lugar había una línea recta perfecta sin nada en su camino, ni siquiera un poste, y seguía, probablemente, hasta la China. Me senté entonces en el piso a pensar que estaba buscando, porque me había ido así, tan de repente. Buscaba acordarme de lo horrendo que me había hecho dejar ese paraíso, y no encontré absolutamente nada que me molestara, por más que intenté… y tampoco me molestó no recordar… solo me acordaba de ti pidiéndome que no me vaya, pero cuanto más recordaba esto algo me decía que menos tenía que volver.

Pasé la noche bajo un puente cuando decidí voltear por primera vez a la derecha, fue la primera noche que dormía después de tanto tiempo. A la mañana siguiente encontré una nueva ruta y si, nuevamente encontré un camino perfecto en línea recta, maldita sea. Encontré comida por el camino, por si te preguntabas como sobreviví – me dijo acercando su cara hacia la mía, mi piel se comenzó a secar – si, una canasta llena fruta que alguien se olvidó después de un picnic, una bolsa de pan que se le cayó a un panadero, etc., ahora deja de interrumpirme con tus preguntas ocultas, esta historia quiero contarla rápido porque tal vez no queda tanto tiempo.
Como te decía, ese camino nuevo no era tan malo como el primero, dos días caminando hasta que sentí un dolor en el dedo más chiquito de mi pie izquierdo y casi siento tanta alegría por sentir un dolor por primera vez en mi vida que lo opaqué, pero no lo hice. Solo sonreí y me quité el zapato, si, el zapatito de charol. Pude ver la herida que comenzaba a aparecer en mi meñique, tan roja, tan nueva, tan dolorosamente linda. Ese era un buen camino.

Mientras Mariela hablaba mi cuerpo iba secándose cada vez más y nuevas arrugas en la piel aparecían cada segundo de narración. Pero cuando mencionó la pequeña herida en el pie, cuando contó eso, sentí como si alguien se hubiera metido en mí y ahora me arañaba por dentro con uñas casi tan largas como los dedos de Mariela. Paró su historia una vez más por mi culpa – siéntate mejor, no quiero que interrumpas esta historia desmayándote –dijo señalando el piso mientras acomodaba su abrigo para que no me calara el frío de las mayólicas –continuaré con mi historia ahora y no puedes interrumpirme porque sé que nada pasará antes de que acabe, trataré de acortarla.
A ver, en resumen, seguí caminando por días ese nuevo camino, mis pies cada vez tenían más heridas y mis pequeños zapatos ya casi habían desaparecido por el roce contra el piso. El sol ya no me encontraba tan rápido tampoco y si bien seguía encontrando comida para no morirme de hambre, cada vez se me hacía más difícil y cada vez eran sobras más pequeñas - . Vi como se le abrían los ojos al ver que mi pelo se cubría de canas gruesas que aparecían como sí en un minuto pasaran 100 años. Miró hacia un costado, tomo aire y luego me volvió a ignorar continuando con su historia. –Pero aun no era hora de volver, por que aun me sentía contenta, la gente de la calle aun me sonreía y sobretodo porque mis ojos seguían sedientos de lagrimas de tristeza.

Llegué, no sé cómo ni cuando, a un lugar del cual nunca quise saber el nombre, donde la pena era el plato del día e intenté contagiarme. Estuve ahí mucho tiempo viviendo en las peores condiciones que puedas imaginarte. Empecé a descuidarme físicamente cada vez más, primero a propósito, luego las cosas siguieron su curso, no quería inspirar nada de lo que había inspirando antes en mi vida, quizás solo nauseas, aunque sea indiferencia.
Busqué denigrarme lo más que pude, en todas las formas posibles, trabajé como la puta más seria y tosca del pueblo, pero los hombres siguieron prefiriéndome, me decían que los llenaba de vida así los insultara y les dijera lo repugnantes y bajos que me parecían; solo por eso lo dejé.
Lo peor de todo era que por más bajo que cayera algo me hacía no derrumbarme como yo quería, creo que era, por mas raro que te suene, que te extrañé todo el tiempo pero que no se sentía mal y en parte no pensaba volver hasta que ese dolor por tu ausencia me carcomiera por dentro.
Y a pesar de todo lo que hice por poder sufrir como los humanos lo hacen, muchos días el sol seguía saliendo.

Me casé con un hombre violento que abusaba de mí física y verbalmente, y tuve 3 hijos con él que quise con mi alma entera. Aun así cuando los dejé no me dolió lo suficiente, y hasta pasó por mi mente que matarlos hubiera sido quizás la solución a lo que yo buscaba, pero no tuve el coraje.
Caminé entonces hasta otro pueblo, y luego otro y otro. Siempre haciendo lo mismo, con heridas en los pies, o quizás buscando cosas peores, ya casi no recuerdo… … y la gente de mierda seguía saludándome cuando me veía por la calle, seguían sonriéndome y lo único que yo buscaba era que alguien sintiera asco de mí.


Mariela hizo una pausa cuando ya sentada en el piso, viéndome como una anciana de 90 años e incendiándome por dentro yo ya no pude aguantar el dolor que sentía en mi vientre y grité –ya falta poco, espera – me dijo y luego volvió a meterse en su mundo. –Después de 14 intensos años me di cuenta que no iba a lograr lo que quería, que para mi era simplemente imposible dejar de sonreír, de tener suerte, de ser feliz. Entonces decidí volver, a hacer lo que mejor sabía, sonreír, estarme quieta y alegrar a la gente a mi alrededor. Ser la muralla de todos y nunca poder derrumbarme, volver a ser odiada por todas las chicas que querían ser como yo mientras yo rogaba ser, por tan solo un segundo, tan desdichada como ellas.

Entré entonces al cuarto en donde vivía en ese momento y me miré en el espejo, exactamente igual como me veo ahora, quizás un poco menos cansada y con una sonrisa, esa vez aun tenía una sonrisa y era por la decisión que acababa de tomar. Te vería nuevamente, y esa alegría me dio asco. Me asusté. Pero me dio asco pensar en ti, y más miedo. Entonces recordé el día en que me lo dijiste… justo como tú lo acabas de recordar… supe que tú habías sido quién me dio esa maldición y me dio mucho más asco aun. Por tu culpa yo no podía dejar de sonreír, por tu culpa no sentía nada que no fuera felicidad. Me dio más repulsión todavía el saber que era por ti y yo extrañándote, yo queriendo volver para alegrarte, por tu culpa me volví incapaz de hacer nada mas que ser un apoyo emocional para la gente que realmente sentía. Mi sonrisa desapareció y un dolor en el vientre me atacó, ese mismo que sientes ahora tú… y luego otro en el pecho que no había sentido antes. Mis ojos se mojaron con las lagrimas que tanto había esperado y aun así, ya no pude sonreír. Lloré… lloré y lloré hasta que ya no me quedaron lágrimas y mis ojos se secaron y se pusieron lo más negros que pudieron… y entonces vine a buscarte.

Lo he logrado hermana, y creo que por la historia que acabas de escuchar sabes que no fue fácil, pero a pesar de ti, lo he logrado. Soy la tristeza en persona y vengo a cobrarte, un año entero caminé esperando este día y ya ha llegado.

Acabó de hablar y mi cabeza cayó al piso de golpe, como una pelota sin aire, y rebotó junto a mi cartera. Y luego, ya no pude controlar mi cuerpo. Sabía que ella había querido tanto que llegará este día que le hubiese gustado poder alegrarse una vez más al verme así.
Nuevamente nos quedamos envueltas en frío y silencio. El panorama era totalmente gris y solo el rojo de la sangre que me salía por la nariz unida con la que salía por mi boca hacia contraste con los invernales colores.

Pasó por encima mió para llegar hacía la puerta, casi ni levantó las piernas porque yo me había reducido a la mitad en mi tamaño. Por lo que escuché en su silencio, creo que se volteó a verme. Y entonces se cumplió la promesa hecha hace tantos años atrás, cuando murió nuestra mamá. Ese día entré al cuarto de Mariela para darle la noticia. La vi tan contenta, tan linda, tan llena de vida jugando con su muñeca que me dio miedo verla llorando por la noticia que debía darle. Entonces antes de hacerlo le dije que ella era la alegría de todos aquí, que ella era la felicidad en persona, la tome de los hombros y con toda mi tristeza le dije que ella no podía llorar, no debía, porque sino todos nos derrumbaríamos… y le dije, le dije que el día que ella dejara de ser feliz, yo moriría. Y ella no lloró.

Pero ella ya había logrado dejar de ser feliz, y ahora tocaba mi parte de la promesa. Entonces Mariela, antes de terminar de irse del baño me miró… me miró como quien no quiere que me vaya. Volteé con toda la fuerza que me quedaba y la miré a los ojos, la mire como diciéndole “no te vayas” porque en verdad, tenía miedo, un segundo después, yo me había ido de este mundo.

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